jueves, 27 de febrero de 2020

NACIONALES: Brian Toledo, Adiós a un luchador


En la noche de ayer, falleció el atleta BraianT oledo en un accidente con su moto en Marcos Paz. Brian se hizo de abajo, de bien de abajo, y supo crecer cómo deportista hasta llegar a la élite en su especialidad: el lanzamiento de jabalina. Hoy lo despedimos con tristeza con un fragmento de una entrevista de revista "El Gráfico" dónde habla de su dura infancia:

“Cuando tenía 8 años, me levanté a la madrugada y escuché ruidos. Espié y estaba mi mamá llorando. Le pregunté qué le pasaba y no me decía. Le insistí hasta que me dijo: ‘Lloro porque no sé qué les voy a de comer mañana, a vos y a tu hermana’. No teníamos nada. Pero nada, nada, nada. La abracé y le dije: ‘No te preocupés, estamos todos bien, estamos juntos, yo te voy a ayudar’. En ese momento me cargué la mochila de mi casa, sentí que mi obligación era sacar adelante a mi familia. A mí me gusta dibujar, entonces en la escuela les completaba las carpetas de dibujo a mis compañeros. Ellos me pagaban 25 centavos. Me pasaba toda la noche haciendo dibujos, y con eso compraba un kilo de pan. No era mucho, pero al menos llegaba de la escuela con algo. Un día mi mamá me retó, porque yo tenía que ir a dormir. Entonces esperaba a que se durmiera, me levantaba a la madrugada y recién ahí empezaba. Algo tenía que hacer para que comiéramos. Son cosas que no están bien, pero algunas veces pasé por una quinta que había cerca y agarré un choclo o un repollo, y comíamos eso. La empecé a acompañar al trueque: ella hacía tarta de acelga y la cambiábamos por leche o por harina. Mi mamá cocinaba un guiso mundial con dos cosas, con lo que tuviera. La ayudaba a lavar la ropa, porque no teníamos agua, no había caños. Teníamos que caminar dos cuadras hasta un lugar donde había una canilla. Yo llenaba tachos de 20 litros, los llevaba y ella lavaba a mano, incluso en los días de mucho frío. Y yo lavaba los platos. También vendía cobre y aluminio con Pancho. Mis primos Pancho, Iván, Marisel y Romina fueron como hermanos para mí. Un día, cuando nació Ignacio, estábamos solos, porque los grandes se habían ido a trabajar. Mi hermanito lloraba y lloraba del hambre que tenía. Entonces agarramos el cobre que habíamos juntado, que era poco, y le pusimos arandelas en el medio, para que nos dieran un poco más de plata. Pero una quedó floja. El tipo se dio cuenta, se enojó, nos echó y ni siquiera nos devolvió el aluminio. Hasta eso pasábamos para conseguir un poco de leche. Todas las noches, cuando dormía en el piso, me preguntaba si quería dormir así toda mi vida. Y no, no quería. Pero ¿cuál era el camino? Tampoco lo sabía. Yo tenía 9 años y lo pensaba en serio, me mataba pensando. Por eso, cuando un nene de 9 años me habla, yo lo escucho en serio, de verdad. Cuando te habla un nene, es tan en serio como cuando te habla un adulto”.

Fuente: Revista Sudestada